sábado, 26 de julio de 2014

Colchonería La competidora de Jaime Vives. La Tienda del Cordero. Calle Molino Robella,4



Colchonería año 1909
El uso de colchones para descansar es muy antiguo  y ya tenemos constancia que en la antigüedad:mientras en Egipto se utilizaba hojas de palmera apiladas y en la Roma Clásica  telas cubiertas con lana, heno, juntos  o plumas. Así nace el uso de la lana para estos menesteres que se mantendrá a lo lardo de la historia hasta bien entrado en siglo XX.

Durante el renacimiento  se usan como colchones unos sacos de tela rellenados de cáscara de trigo, lana o plumas. En el siglo XVI y XVII para el relleno es usado  la paja o el plumón  con una red de cuerda a modo de somier sostenido por un marco de madera. Durante el siglo XVIII se amplia la oferta de rellenado utilizando diferentes materiales como pueden ser la lana y el algodón casi siempre y otros materiales como las plumas de aves o el pelo de caballo. Es en este siglo cuando una parte del colchón tiene una parte susceptible de abrirse para renovar el relleno por medio de un cosido o abotonamiento.
Mujer trabajando la lana
Es ya en el siglo XIX cuando el alemán Heinrich Westdhal inventa el muelle helicoidal de acero  que se generalizará en la segunda mitad del siglo XIX y el siglo XX, junto con el consabido relleno.
 El relleno de almohadas y colchones ha requerido de un oficio hoy  ya desaparecido ejercido por la figura del Colchonero o en valenciano Matalafer. En las zonas rurales era normal que en la estación del verano o primavera acudiera al pueblo el colchonero que tenía unas herramientas básicas de trabajo y que no requería de demasiada inversión para ejercer este oficio; una pequeña caja de herramientas que contenía agujas e hilo para recoser el colchón, una manta o tela para esparcir la lana y  quitarle los nudos y enredos por medio de dos palos o varas de unos dos metros y medio de largo, generalmente de fresno.
Matalafer o colchonero
La lana al recibir el peso de las personas que descasaban en sus colchones y almohadas perdían su textura original creándose nudos y endurecimientos que requería el trabajo del colchonero. Mediante estas varas el trabajador ahuecaban la lana, limpiaba la lana y devolvía a su textura original. En esto del descanso también habían clases; las clases más acomodadas tenían un relleno de lana mientras que las clases bajas se tenían que contentar con un relleno de borra que es la parte más gruesa o corta  de la lana mucho menos mullida que lana de mejor calidad, o también el pelo de cabra que servía para rellenar productos varios como pelotas, cojines, etc.
Trabajo de Matalafer en la ciudad. Web Historias Matricenses
En las ciudades también ejercía esta profesión colchoneros que iban de puerta haciendo esta operación o habían establecimientos especializados como el de Jaime Vives que nos ocupa, que vendía en su establecimiento todo el material necesario par la confección de colchones y almohadas (lanas, borras, pieles y telas) al mismo tiempo que recibían los encargos de ir a las casas para realizar dicho trabajo de devolver a los colchones la comodidad y textura óptima.

Publicidad año 1909
 Jaime Vives era comisionista y representante, suponemos que de productos de lana, cuya sede la tenía encima del comercio de La Competidora en Molino de Rovella 4. Al dedicarse a un negocio que requería gran cantidad de almacenamiento de lana y borra también tenía un almacén en la cercana calle de Don Juan de Villarrasa.  Jaime  abre este comercio a principios del siglo XX y  pronto se publicita en la guía de la Exposición Regional de 1909, con una foto de su comercio a página completa. Esta colchonería perdurará hasta los años cuarenta del siglo XX.
Colchonería año 1907
 El establecimiento de La Competidora, con el sobrenombre de la Tienda del Cordero (ya que lucía como muestra un pequeño cordero como se observa en la imagen que acompañamos), estaba situada en el mismo centro de Valencia, en la calle Molino Robella, junto al Pasaje Monistrol frente a la calle de las Magdalenas, todas estas calles ya desaparecidas por el proyecto urbanístico de apertura de la Avenida Barón de Cárcer y la creación del Mercado Central de Valencia.


Cerca a este enclave también se encontraba la Calle de Colchoneros o Matalafers en valenciano (hoy en día también desaparecida por la apertura de la Avenida María Cristina), calle situada entre la plaza dels Porchets  y que se dirigía a la calle de San Vicente, acabando en la plaza Cajeros. Esta calle refleja el importante papel que tuvo este oficio en la ciudad de Valencia y de su antigüedad, ya que consta como gremio desde el siglo XVI.

Autores: Enrique Ibáñez y Gumer Fernández.









martes, 15 de julio de 2014

Gran Bazar Colón. Calle de Pascual y Genís número 30


A principios del siglo XX la sociedad se encontraba inmersa en un proceso de transformación. Valencia crecía estimulada por la industrialización y las exportaciones a través del Puerto y poco a poco un mayor número de personas podían gozar de un nivel de vida por encima del de mera subsistencia. La industrialización abarataba también los procesos de producción y garantizaba una producción estandarizada y en serie, a precios cada vez más asequibles.

Portada del cuento "Los Tres Hermanos". Edición publicitaria del Gran Bazar Colón. Fuente: Biblioteca Nacional, trajetas de productos y establecimientos comerciales 1860-1930. Sign. eph/29(28)

 El comercio ganaba en refinamiento para responder a la demanda de esos sectores de la población, cada vez más amplios. Si durante siglos pasados el comercio de alimentación y textiles predominaba con el siglo XX el vinculado al ocio ganará importancia y diversidad.

Los bazares no eran un tipo de comercio nuevo en Valencia. Se trataba de tiendas de productos diversos en las que se podían encontrar una notable variedad de objetos con todo tipo de utilidades: desde instrumentos de menaje para el hogar hasta herramientas, muebles, juguetería, complementos, marroquinería, joyería y bisutería, papelería e incluso, piezas de arte. A menudo sus escaparates hacían las veces de improvisado museo y exponían obras de pintores y escultores de moda. Este revoltijo de productos dio pie a un negocio muy lucrativo cuyas tiendas podían encontrarse en algunas de las vías más comerciales de la ciudad algunas de las cuales se han perpetuado en su memoria: el Gran Bazar Valenciano, el Bazar Giner… el negocio atrajo incluso a las grandes tiendas de textiles como El Águila o El Siglo, que devenidas cada vez más en grandes almacenes en sentido contemporáneo abrieron también secciones dedicadas a productos diversos.



Publicidad en la cubierta posterior de uno de los cuentos editados
por el Gran Bazar Colón
El Gran Bazar Colón es fruto del espíritu emprendedor de Joaquín Prat Pereantón, que lo regentó durante toda su vida. Prat se había iniciado en el comercio como cristalero especializado en el grabado de cristal, propietario de una cristalería y fábrica de espejos y lunas fundada en 1898 o tal vez a finales de 1897 y que se encontraba en el número 7 de la calle Colón, además de un taller de grabado de cristal en la calle Pizarro, letras J y P.

El Gran Bazar Colón abrió a poco de iniciada la década de los años diez. En 1914 ya los vemos ubicados en la esquina de la calle Pascual y Genis con Colón, junto a la cristalería, en una zona prometedora que habría de definirse como el gran eje comercial de Valencia. Una apuesta de futuro pues en esos años eran las calles de la Paz, San Vicente y la extinta de Zaragoza las que ofrecían mejores perspectivas para un comercio de esta naturaleza.

Calle Colón en la confluencia con Pascual y Genis.
El Gran Bazar Colón queda fuera de plano,
a la izquierda de la imagen.
Probablemente por la dedicación de su propietario al mundo de la cristalería el bazar publicitaba especialmente entre sus productos la venta de espejos aunque su verdadera especialidad acabaría siendo la juguetería industrial, a demanda primero de la clase burguesa que podía permitirse gastar dinero en obsequiar a sus hijos con juegos un tanto más sofisticados que los artesanales tradicionales elaborados con madera, cartón y trapo. Es la época de auge de la juguetería industrial en troquelado de hojalata y de los autómatas a cuerda fabricados con ese material y pintados en vivos colores: coches que se movían, tiovivos que giraban… juguetería monótona a nuestros ojos pero que representaba el no va más de la tecnología aplicada al ocio infantil en aquellos tiempos. Claro está que el bazar no se limitó a la venta de juguetería de “lujo”, y en la medida en que la demanda de juguetes crecía entre en público en general los bazares ofrecían una gama más amplia de productos y calidades adaptada (relativamente) a todos los bolsillos, pues los juguetes, hoy tan comunes, siempre fueron un privilegio del que ni todos los niños disfrutaban en el pasado ni en la cantidad y variedad actuales. Los escaparates de los bazares eran para la mayoría, una ventana a un mundo de fantasía que los más habrían de contentarse con mirar.

Motorista mecánico accionado por fricción.
Fuente: Museo del Juguete de Hojalata de Candelada.
Prat nunca abandonó del todo su profesión inicial y mantuvo sus actividades como fabricante de cristales grabados, espejos y lunas, negocio que amplió durante su trayectoria. Tuvo sede en el número 16 de la calle Martí desde la que suministraba tanto a su tienda, antigua fábrica reconvertida en despacho de cristalería de la calle Colón 7 y 9 como al bazar.

Publicidad de la fábrica de lunas. Año 1945
Durante cerca de cuatro décadas el Gran Bazar Colón estuvo abierto en su ubicación de la calle Pascual y Genis 30, esquina a la de Colón que le daba nombre. Sobrevivió a la Guerra Civil y a la posguerra pero no a su propietario y fundador, que falleció en 1951. Especializado en espejos y juguetes, su publicidad se orientaba a ganarse a la infancia, consciente su propietario de la máxima del marketing “no hay mejor vendedor que un niño”; así pues obsequiaba a sus clientes con cuentos infantiles, divertimento inocente aunque algo menos en manos de un avezado comerciante pues estos cuentos contenían en su interior una carta a los Reyes Magos, triquiñuela comercial aún vigente, para que los niños formalizasen sus peticiones de juguetes y los papás recordasen darle el gusto a sus retoños cubriendo las demanda con la oferta del Gran Bazar Colón.

Gumer Fernández y Enrique Ibáñez 


Reverso de la carta
a los Reyes Magos
Carta a los Reyes Magos inserta
en los cuentos 
del Gran Bazar Colón


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