viernes, 28 de noviembre de 2014

Reflexión de Eugenio Viñas  sobre el libro Comercios históricos de Valencia publicado en Valenciaplaza.com el 28 de noviembre del 2014.

La leyenda de los comercios históricos de Valencia o la burguesía que no pudo ser

EUGENIO VIÑAS. HOY El libro 'Comercios históricos de Valencia' recoge 75 proyectos que hablan de internacionalización y espíritu emprendedor

Hace unos cuantos miles de años, las mujeres y los hombres se adentraron en sociedades complejas de forma natural. Ya no bastaba con sobrevivir. Ya no bastaba con lograr que el núcleo familiar fuera autosuficiente. Conseguir ‘las cosas' ya no dependía de lo que uno podía cosechar o fabricar, porque la vida prosperaba visiblemente a partir de los logros colectivos.
Del intercambio a la compra-venta y de ésta al espacio físico. La tienda es el precedente y ventilador público de los gremios profesionales, cuyo máximo esplendor e influencia social despunta a partir de la Revolución Industrial. Tanto es así que su aparición dinamiza y domina a su antojo la fisonomía de las ciudades, deformándola de nuevo ahora con la llegada de las grandes superficies.
No obstante, durante el último siglo y medio Valencia ha gozado de un apogeo comercial que ahora hace las delicias de los nostálgicos a través de Internet. Una realidad comprimida en viejas fotografías que se publican narradas por los historiadores Gumersindo Fernández Serrano y Enrique Ibáñez López, partiendo de su popular blog Comercios históricos de Valencia que da título al libro.
A través la publicación descubrimos rincones impensables de la ciudad, como la Ostrería de Miguel Collado en el Paseo de Caro sin número. Es difícil encontrar a alguien que recuerde este restaurante sobre el mar situado entre los antiguos astilleros y el club náutico. Langostinos, almejas y moluscos vivos permanecían en un piso pegado al mar que funcionaba como batea. Sin embargo, las ostras  verdes de Marennes-Oléron convertían a este singular comercio en "lo más pintoresco del puerto", según la publicidad en prensa de la época. 
No menos pintorescas son tiendas incluidas en el libro como la Armería Pablo Navarro, El Asilo del Libro, Hotel Petit Miramar, Perfumes Robillard, los grandes almacenes El Siglo Valenciano, Postre Martí, la Fábrica de Cervezas, Gaseosas y Hielo Artificial de los Cayol, las destilerías Marzal y Sucesores y la Benedito o la extensa relación de luthiers -una potencia mundial en aquel entonces- de guitarras, desdeSalvador Ibáñez a Andrés Marín, pasando por Telesforo Julve o Musical Gaspar. Y no escapan iniciativas más autóctonas como la Buñolería El Contraste, Abanicos Carbonell, las cesterías de la calle Músico Peydró o Turrones Ramos.
Armería de Pablo Navarro. Calle de San Vicente Mártir 14. Comercio existente.
COSTUMBRISMO SALUDABLE
Ibáñez, uno de los dos autores del libro, destaca que "en el libro se aborda un concepto de comercio muy amplo, porque apenas había diferencia en estos comercios centenarios entre la tienda, el taller o la vivienda familiar". Buena prueba de ello son las historias de los diferentes ultramarinos que aparecen en el libro, cuyo dependiente, habitualmente un aprendiz, vivía en la misma tienda que a la vez era hogar de sus propietarios. "Tal era el vínculo que pasó a ser habitual que en estos comercios, como es el caso de El Niño Llorón (todavía abierto en la calle Ruzafa), fuese el aprendiz el que heredase y continuase el negocio", apunta el geógrafo e historiador.
La tradición comercial de la ciudad de Valencia también tuvo reflejos del pasado muy actuales. Es el caso de una suerte de pop-up stores, el término que ahora se emplea para hablar de tiendas eventuales, que el pasado siglo funcionaban como algo habitual teniendo en cuenta las temporadas de frutas. La tienda Las fresas de mis fresares, de Teresa González, se encontraba entre el cine Rialto y el Ateneo. Abría sus puertas únicamente cuando la fresa estaba en sazón, en el apogeo de su temporada cuando los agricultores de regadía valencianos recogían este fruto especialmente dulce. Doña Teresa se ganó el sobrenombre de "Reina de las Fresas" hasta que el mar de invernaderos almeriense acabó con el fruto exquisito y los cortos periodos de la fresa local. 
Pero la historia del campo valenciano no es la única que recoge este volumen, editado por la agitada Carena Editors que en pocas semanas está sumando un notable catálogo de referencias. La Pepica, el Horno de San Nicolás, los Almacenes La Isla de Cuba o Bromas Moratín, todos ellos emblemáticos y en la memoria de muchos valencianos, son destripados en esta obra plagada de referencias históricas.  
Una de las más destacadas es la del Hotel Metropol. Este lujoso hotel se situaba frente a la Plaza de Toros entre los años 1931 y 1939. Allí las veladas eran amenizadas por una orquestina, había baile los domingos de 5 a 8 de la tarde, servicio de cotelería, grill-room, helados a domicilio (especialidad de la casa) y un jardín de invierno que en verano hacía las delicias de los más adinerados con un refrigerador de hielo artificial. 
La Guerra Civil marcó el futuro de este hotel de lujo para la ciudad. El gobierno recublicano, con Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero al frente, tomaron las excelentes instalaciones de este hospedaje. A partir de este momento, su actividad quedó marcada por la 'okupación' del mismo como Casa de la Cultura, presidida por Antonio Machado que vivió en el hotel antes de trasladarse a Rocafort, sede del II Congreso de Intelectuales Antifascistas inaugurado por Juan Negrín y al que asistió Bertolt Brecht, sede del Ministerio de Instrucción Pública y, entre otras disposiciones, sede de la Embajada Soviética en España y del KGB. De hecho, el NKDV (nombre previo al de KGB) interrogó e hizo del Hotel Metropol su fortín durante la contienda fraticida, siendo la principal área de información y operaciones para la Unión Soviética en España.
EL SINO DEL COMERCIO VALENCIANO
Es difícil, en cualquier caso, escoger entre algunas de las historias del libro ya que todas ellas están trufadas de personajes, anécdotas increíbles y pasajes históricos reveladores. La publicación, aun así, está notablemente protagonizada por la colección de fotografías, responsabilidad precisamente de Ibáñez:"hay que saber qué personas pueden tener documentos antiguos de comercios y de hecho la ausencia de material gráfico nos impide poder hablar de algunos de ellos". Pero el libro no solo recoge imágenes, sino que también incluye publicidad de la época, tan interesante como los propios establecimientos.
Ibáñez reconoce que, tras la publicación del libros, ambos autores han percibido cierta desafección histórica por el comercio tradicional en la ciudad, frente a la relación que este tipo de tiendas tiene con sus clientes -todavía- en ciudades más grandes como Madrid. No obstante, la historia de los comercios valencianos a través del libro revela la creación frustrada de una burguesía valenciana, a semejanza de los botiguers de Barcelona.
Carl Marx aseguró que la burguesía se divide en la fracción comercial, la fracción industrial y la fracción financiera. Y Valencia -y su área metropolitana- tuvieron una industria, aunque esta creciera más lenta que la vasca o la catalana, tuvieron una fracción financiera, porque la exportación de los cítricos -especialmente- hizo acumular divisas, pero acumuló una frustrada fracción comercial, porque hubo talento emprendedor, flujo de caja, pero una deficiente progresión del negocio a través de las generaciones. Y mucho menos, en la mayoría de los casos, un rédito económico diferenciado para expandirse e invertir en distintos negocios.
Hay dos casos paradigmáticos en el libro para entender este hecho: el primero es el de Agustín Trigo Mezquita, el farmaceútico y posteriormente doctor Trigo. Este hombre, que llegó a ser alcalde de Valencia durante un breve tiempo, instaló su laboratorio químico-framaceútico en la calle Sagunto 144. Sus inquetudes constantes -hasta constituyó un observatorio astronómico- le llevan a experimentar con los cítricos y la química, y aunque primero trata sus posibilidades para la perfumería, más tarde lo hace enfocándose a los refrescos. 
Su historia es la del éxito y el ascenso, la de una suma de patentes hasta presentar su gran producto, la Naranjina (y precedente de los refrescos de naranja azucarados) en la Feria de Marsella de 1935.Allí le roba la idea el francés Leon Beton (ahora la marca pertenece a Schweppes International Limited) y el futuro mundial del valenciano queda reducido a una inventiva nacional que prospera con la fórmula 'Tri' de su apellido acompañando a la Naranjina (Trinaranjus), aunque privado de la catapulta global.
El segundo caso paradigmático es el de la Fábrica de Guitarras Salvador Ibáñez. Este fabricante inició su producción a afínales del siglo XIX con una concepción del negocio que, directamente, ya pasaba por estar internacionalizado. Y exportó a Estados Unidos, donde empezó a vender como marca de guitarras de calidad, para más tarde distribuir a luthiers de sudamérica y alcanzar unas ventas extraordinarias finalmente en Japón.
Tras este posicionamiento gobal, en 1920 fallece el padre y fundador y los hijos se arruinan con el crack de la bolsa de Wall Street, nueve años más tarde. La tienda es trasladada sin fortuna desde la plaza del Ayuntamiento de Valencia (calle Bajada de San Francisco, por aquel entonces) y la ruina se apodera de la marca. Telesforo Julve la compra, pero no saca adelante el rendimiento previsto y "por un desinterés según algunos historiadores o por un robo de propiedad según otros", apunta uno de los autores del libro, "su distribuidor nipón, Hoshino Gakki, cambia la Ñ por una N y crea Ibanez".
La muy posicionada marca de guitarras Ibañez se convierte en Ibanez, entre las cinco más populares a nivel mundial y con un volumen extraordinario de facturación. Tanto es así que esta marca ha sido la preferida por guitarristas como Steve Vai, Joe Satriani, The Edge (U2), John Petrucci o Sting. De nuevo, otro caso de comercio local que había iniciado su camino de prosperidad pero que de nuevo se topaba con la imposibilidad de establecerse como referente económico.
"Los años 20 y especialmente la posguerra fueron los que, en la mayor parte de los casos, oprimieron a los comercios valencianos de establecerse en un siguiente escalón pese a las nobles iniciativas", apunta el autor del libro. Cualquiera que lo lea se sorprenderá del componente de creatividad que durante el último año han compilado los dos historiadores locales. Ellos se declaran "sorprendidos con la cantidad de historias que hemos podido encontrar. Sabíamos que había material gráfico, pero lo relevante es que hay información en las personas que rodean a esas tiendas y en los archivos (la Biblioteca Valenciana y el Archivo Histórico Municipal del Ayuntamiento de Valencia) que ahora hemos compilado en este volumen".
Autor: Eugenio Viñas

martes, 25 de noviembre de 2014

Alquiler de carruajes de Victoriano Miguel Villanova.
 Plaza de  Manises 5
Tarjeta publicitaria. Hacia 1905
El carruaje siempre fue objeto de ostentación ya desde época de Homero donde Dioses y hombres se transportan en ellos, aunque la aristocracia de la Europa del siglo XVII veía como algo indigno cambiar el noble arte de ir a caballo por el incómodo carruaje que hacía perder los valores como el honor, el valor y la lealtad...casi nada.

Pero es en el siglo XIX cuando la construcción de carros sufre un auge espectacular, haciendo necesario cambiar las carreteras y el proceso de montaje por piezas de dichos carruajes antecede al proceso en cadena de los automóviles modernos. El prestigio social se mide por tener o no tener este medio de transporte, diferenciándose así la Aristocracia de la Burguesía en estos momentos emergentes. Se crean multitud de formas de carruajes con sus respectivos nombres: Araña, Berlina. Biga, Calandria, Calesa, Carroza, Jardinera, Omnibus, o la valenciana variante Tartana (carruaje con cubierta abovedada y asientos laterales, generalmente de dos ruedas).
Carruajes frente al Palacio del Marqués de Dos Aguas
Pero el último cuarto del siglo XIX supuso el fin de la moda de los carruajes de una manera fulminante desde que Benz  creara su motor de explosión en 1885 o el invento por parte de Dunlop de sus neumáticos en 1888 , arrinconando  a un medio de transporte que se convirtió en caduco  desde el mismo momento en que las monarquías europeas se trasladaban en coches motorizados y las carreras de coches causaban furor casi desde el inicio de la industria automovilística.

El carruaje queda relegado  en desfiles y concursos, en el caso de Valencia en la Batalla de Flores en la Feria de Julio y en los Carnavales y aquellas manifestaciones del folklore oficial y de representación.
Carroza en la Feria de Julio
En este contexto abre a principios del siglo XX su establecimiento de alquiler de todo tipo de carruajes Victoriano Miguel Villanova en la céntrica plaza de Manises, zona muy próxima al centro de poder eclesiástico de la ciudad y de los palacios nobles de la calle Caballeros.

Cuando abre Victoriano en Valencia existían seis casas dedicadas a alquiler de carruajes:  Francisco González en la calle Cuba, Gabriel Segura en la calle Enteza, Pablo Río  en la calle Maldonado o juan Roig en la calle de la Bocha. Destaca  Juan Bautista Monañana que es constructor de carros, tiene negocio de alquiler de carros y carros de mano. Posiblemente fue el mayor competidor de Victoriano. Sin embargo en Valencia el alquiler de carros no era el negocio más próspero, ya que frente a los seis negocios citados de alquiler de carros existían  36 constructores de carros. Datos obtenidos en el año 1899.
Fotografía de tartana. Hacia 1870
Victoriano Miguel estuvo siempre en la plaza de Manises, aunque dicha plaza también se llamó la plaza del Poeta Liern (al menos desde 1910 ). Este negocio perduró hasta finales de los años treinta o principios de 1940. Ya en 1945 en su lugar se encontraba el negocio de  de Manuel Rodrigo que se dedicaba al alquiler y reparación de pianos.

Autores: Enrique Ibáñez y Gumer Fernández.


Comercios Históricos de Valencia: el libro.

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sábado, 22 de noviembre de 2014

FÁBRICA DE MEDIAS Y CALCETINES DE JOSEFA  FRANCO FUENTES.- CALLE  DE LA CRUZ 4.


Publicidad de guía comercial. año 1892
En el año 1791 la Real Fábrica de Paños de Alcoi paga la construcción de dos máquinas que produce lana cardada e hilada fabricadas en Cádiz por José Antoni Torregrossa:

" ... se ha construido una máquina de doce usos a expensas de la fábrica, que se logró saliese con la perfección que se apetecía, por lo que hay corrientes hasta 18, y algunas otras que se están construyendo y otras quatro que han salido fuera de esta villa. De esas hay algunas de 70 a 80 usos, y para dirigir este tomo o máquina sólo se necesitan dos jornaleros, hilando al día 10 que corresponde a diez o doce mugeres, quedándole al fabricante una tercera parte de los beneficios, y siendo el más considerable el poder asegurar su desempeño sin la contingencia de las hilanderas, y el que no se le extraiga la lana"

Fuente: Torró Gil , Lluís; Los inicios de la mecanización de la industria lanera en Alcoi

Esta máquina que no es más que una variante de las máquinas inglesas llamadas spinning jenny que propiciaron el despegue de la Revolución Industrial en Gran Bretaña. La máquina abarataba el proceso previo de hilado que lo realizaban obreros (principalmente mujeres y niños) en sus casas del ámbito rural y que suponía el robo de material  con el consiguiente aumento del coste del empresario.
 spinning jenny
En el año 1892 Josefa Franco Fuentes abre una fábrica en Valencia en la calle de la Cruz 4 , junto a la plaza del Ángel de Valencia que pertenecía entonces al distrito de la Audiencia y que tenía como inicio y fin en la calle del Ángel (hoy del Ángel Custodio) y calle  Juan de Juanes.

No debemos entender el concepto de fábrica como una gran nave industrial tal y como lo concebimos en la actualidad, sino como un pequeño taller que normalmente está en la vivienda del propietario/a  donde se aloja una maquinaria lo suficientemente pequeña para trasladarla de un sitio a otro , pero que le permitía controlar todo el proceso de fabricación. Tal es el caso de Josefa que tuvo tres direcciones en poco tiempo:

* Calle de la Cruz en 1892

* Calle San Vicente 95 en 1897

* A partir de 1898 en la calle Jesús, en ese año llamado camino de Jesús. 

Esta dirección  de la calle Jesús es la que más perduró en el tiempo y fue contemporánea durante unos años con la sede en la citada calle San Vicente. Esta fábrica  duró hasta los años diez del siglo XX, ya que en 1914 había ya desaparecido. 

Las medias y calcetines de Josefa se hacían a máquina y en su publicidad de 1892 que reproducimos se refuerza la idea que tenía apariencia de estar hecho a mano. Esta fábrica se publicitó en guías comerciales.

Autores: Gumer Fernández y Enrique Ibáñez.

Evolución de la media. Fuente: http://stripdancing.es/blog/


Comercios Históricos de Valencia: el libro.

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domingo, 16 de noviembre de 2014

Sombreros Roca. Plaza de la Reina, 11 y otras direcciones.

Sombreros Roca. Plaza de la Reina, 11 y otras direcciones.


Aunque hoy se encuentra en desuso, casi reducido al papel de mero complemento de moda para usos puntuales o folklóricos, el uso del sombrero fue habitual en el pasado y pieza que no podía faltar en la vestimenta de paseo de cualquier caballero distinguido. Pero el afán por cubrirse la cabeza para resguardarse de los rigores del sol o del frío alcanzaba a todas las clases sociales y no se restringía a los eventos y avatares de la vida social, sino que alcanzaba también el ámbito laboral: si los distinguidos y caros sombreros eran la marca de distinción de una élite económica, la gorra era una prenda omnipresente entre las clases trabajadoras.

PLaza de la Reina con Santa Catalina en segundo plano. A la derecha de la imagen, Sombreros Roca. Fuente: foro Remember Valencia.
Así las cosas las gorrerías y sombrererías proliferaban y formaban parte de un paisaje comercial urbano del que hoy prácticamente han desaparecido. Muchas de ellas eran negocios duales formados por una tienda y una fábrica dedicada a la confección del género que abastecía a la tienda y a otros comercios del ramo. Algunas de estas fábricas se especializaron en tipos muy concretos y de ellas hemos visto en el blog ya algunos ejemplos tales como Settier, especializado en sombreros de paja o las gorras Sirep, marca producida por la fabrica de gorras Peris en tanto otras firmas tenían una orientación más generalista.

Valencia tenía tradición sombrerera, una actividad inocua si se trataba de confeccionar gorras, boinas o sombreros textiles o de fibra vegetal, pero extremadamente tóxica cuando se trataba de sombreros de piel pues esta era tratada con mercurio, que al ser inhalado por el artesano le provocaba la intoxicación crónica producida por ese metal conocida como hidrargirismo, causa de alteraciones fisiológicas y neurológicas severas irreversibles y finalmente mortales.

El Sombrerero, personaje de Alicia en el País de las Maravillas  inspirado en los afectados por hidrargirismo. Ilustración de John Tenniel.
Menos arriesgada que la confección de sombreros, la elaboración de gorras fue la actividad elegida por Manuel Roca cuando a finales del siglo XIX se estableció en el 25 de la calle del Mar, tomando el testigo que dejaba en el mismo número el taller de Carlos Díez Agost. Así nacía “Sombreros Roca”.

La firma se asentó en una zona de histórica tradición sombrerera. A finales del siglo XIX y principios del XX esa tradición perduraba y de esta forma eran varios los talleres y tiendas de sombrerería que se ubicaban en la zona de la antigua plaza de la Reina y sus aledaños, aunque estos negocios se repartían en buena medida por toda la ciudad.

La plaza de la Reina y su entorno en el Plano General de Valencia y sus Ensanches de 1894.
Aunque el emplazamiento elegido por Roca era sin duda acertado, no tanto por la tradición histórica de la actividad como por ser una zona céntrica y muy concurrida, para un negocio en expansión pronto surgiría la necesidad de adaptarse a los nuevos tiempos. La sociedad cambiaba y también sus élites dirigentes y la nueva burguesía industrial, comercial y financiera propició la creación de nuevos centros y sedes para el poder urbano que propiciaban una ruptura material y simbólica con los viejos tiempos. La ciudad se transformaba conforme a esta evolución y surgían nuevos espacios urbanos que a su vez se convertían en nuevos ejes del poder político y económico y pronto se convertirían en los escenarios principales de la vida urbana. En este contexto hay que situar la apertura en los primeros años del siglo XX de una nueva tienda de Sombreros Roca en la plaza de Emilio Castelar. Hacia 1914 la firma alcanzó su apogeo al abrir una nueva sede en el 142 de la calle de San Vicente, decisión que revelaba la voluntad de Manuel Roca de proyectar su negocio más allá de su primitiva sede. No mucho después el taller de gorras de la calle del Mar fue trasladado a la plaza de la Reina.

Fachada de Sombreros Roca. Detalle de la fotografía superior.
El negocio evolucionó con el tiempo: de la primitiva fábrica de gorras de la calle del Mar y sin abandonar su especialización en la fabricación y venta de artículos de sombrerería durante la segunda década del siglo XX se fue convirtiendo en una tienda de confecciones moda y artículos textiles diversos. Vinculado siempre a su propietario y fundador, Manuel Roca, a principios de los años treinta, reducido a la sede de la plaza de la Reina, ya estaba en manos de su viuda. No parece que el negocio sobreviviese a los avatares de esos agitados años o a los primeros años de la dura posguerra y su rastro se pierde en Valencia durante ese periodo.


Comercios Históricos de Valencia: el libro.
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jueves, 13 de noviembre de 2014

La Camelia. Tienda de flores artificiales y moda de Josefa Martí Garcerá. Calle de la Paz nº 2.

La Camelia. Tienda de flores artificiales y moda de Josefa Martí Garcerá. Calle de la Paz nº 2.


La calle de la Paz y La Camelia en los años treinta del siglo XX
En los años veinte del siglo XX, las flores artificiales estaban en pleno auge. En Francia esta moda artificial causaba furor y era el complemento ideal para vestidos de bodas, reuniones galantes y acontecimientos especiales. Las flores que imitaban a las naturales estaban hechas de papel crepé o tela de seda, técnica que se enseñaba en escuelas de arte y artesanía. Posteriormente se introdujeron  otros materiales a lo largo del siglo XX como los polímeros, polímeros derivados y el celuloide que se puso de moda pero dejó de utilizarse al ser altamente inflamable. Lejos quedaba la moda de acompañar los vestidos galantes con flores naturales en la Francia del siglo XIX. 

En esta coyuntura del gusto de lo artificial como complemento de la moda abre su tienda Josefa Martí Garcerá en el número 2 de la calle de la Paz, una vía céntrica y comercial repleta de sociedades:la Real Sociedad de Cazadores hoy desaparecida, el Círculo de Bellas Artes, la Sociedad Aceitera Española o la Real Sociedad Valenciana de Agricultura, lugares donde se reunía lo más granado de la burguesía valenciana. En esta misma calle se abrían los lugares de reunión predilectos de la ciudad como los cafés Ideal Room, El Siglo o el Café de la Paz.

Boceto de rótulo en vidrio del interior del comercio. Fuente: Remember Valencia
De hecho, Josefa abre su tienda en los bajos del histórico café, restaurante y hotel Munich, abierto muchos años antes y que era propiedad de Máximo Yuste. Compartía el número de la calle de la Paz dicho café al que se accedía por unas escaleras a la planta superior, mientras el bajo estaba ocupado por La Camelia.

La tienda surtía a gente de posición acomodada todo tipo de complementos para la ropa destacando los arreglos para sombreros, también vendía ropa, cerámica, objetos de regalo, porcelana y un gran surtido de flores artificiales para decoración de estancias y dormitorios, todo según la moda vigente. Una moda de denotaba el estatus social de las mujeres que lucían estos complementos.

Factura comercial
Esta tienda estuvo abierta hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. En los años cuarenta a Josefa le sucedió Carmen Martí Garcerá que siguió vendiendo el mismo género que en la década de los veinte, pero adaptado a la época. La calle de la Paz se transformó y surgieron otro tipo de comercios más acordes con su tiempo. siguieron las tiendas de textiles, abrieron 8 joyerías, 2 perfumerías, 8 sastrerías (como la de El Soldado desconocido), hasta convertirse  en la calle comercial que hoy en día conocemos.

Fuente: Tallercosturalia.com
Autores: Gumer Fernández y Enrique Ibáñez


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lunes, 10 de noviembre de 2014

Droguería Abascal. Plaza del Mercado 2 y calle Cervantes 9

Droguería Abascal, Plaza del Mercado 2 y calle Cervantes 9; actual farmacia Rubio Abascal, calle de San Fernando. 


Tal y como hemos visto en varios artículos de este blog y de nuestro reciente libro "Comercios Históricos de Valencia" varias calles de la ciudad se caracterizaron por la concentración en ellas de un determinado tipo de tiendas o actividades económicas, lo que las definió por su especialización comercial. A pesar de la competencia la concentración de un tipo de comercio en un espacio concreto representaba una ventaja para sus propietarios pues convertía a la zona en punto de referencia y de paso obligado para los clientes interesados en los productos que allí se vendiesen.

Droguería Abascal y Compañía.
Un aspecto poco comentado respecto a la popular plaza del Mercado de Valencia lo representa precisamente que este espacio urbano representó uno de esos puntos de concentración de comercio especializado, pero no  solo y como cabría esperar por su condición de sede del mercado público sino porque desde la segunda mitad del siglo XIX y parte del siglo XX la plaza fue espacio especializado en un comercio bien diferente al de alimentación: la venta de droguería y productos químicos de limpieza y aseo en general.

Tanto era así que en algunos momentos era posible encontrar en ciertos lugares de la plaza establecimientos de droguería alineados casi puerta con puerta. A modo de ejemplo, en 1886 encontramos: 

- En el nº 6 la droguería de los hermanos Daudén y Compañía.
- En el 63-64 la de Aloy Clavero.
- En el 67 la de Pedro Salvador.
- En el 70-71 la de Blas Cuesta, incluida en la selección del libro "Comercios Históricos de Valencia".
- En el 72 la droguería de la viuda de Añón.
- En el 75 el almacén de droguería al por mayor de José Antonio Martínez y Compañía.
- En el 76 el despacho de venta al por menor del mencionado José Antonio Martínez y Compañía.

Será en ese número 67 que ocupaba la droguería de Pedro Salvador donde en 1887 o acaso en los primeros meses de 1888 se establezca la sociedad Abascal Igual y Compañía, continuadora de las actividades que Pedro Salvador desarrollaba desde hacía años.

La adquisición de este establecimiento minorista no era sino el primer paso en un lento proceso de expansión que se prolongó durante cerca de cuatro décadas. Establecidos sólidamente en la plaza del Mercado durante más de una década hay que esperar a 1902 (o acaso a los inicios de 1903) año en el que el negocio adquiere nuevo impulso con la apertura de una segunda sede destinada al comercio mayorista en la calle Cervantes 9. Abascal y Compañía buscaba de esta forma nuevos espacios urbanos para expandir su actividad, beneficiándose con gran probabilidad de que un menor coste de arrendamiento les permitiese disfrutar a precio asequible de un local adecuado para el desempeño como almacén y punto de venta mayorista.

Membrete de factura del almacén de droguería de José Rubió Abascal en 1937
Durante las dos décadas posteriores el negocio mantuvo ambas sedes sujetas a cambios de dirección (pero no de localización física) a resultas de diversos avatares urbanos.Así el de la plaza del Mercado tuvo por dirección "Guerrillero Romeu"  a resultas de los cambios en las denominaciones de callejero y el de Cervantes, inicialmente en el número 9 fue renumerado al 11 de la misma calle.

A finales del siglo XIX y principios del XX a menudo solo una fina línea diferenciaba a las farmacias de las droguerías pues estas últimas especializadas en la venta de químicos vendían a menudo preparados farmacéuticos o "drogas" tal y como eran conocidos en su tiempo aunque hoy tal acepción anda en desuso pues por droga se conoce hoy a compuestos químicos harto menos beneficiosos para la salud. Es por ello que a lo largo del tiempo algunas droguerías se reconvirtieron en farmacias o que alguna, tal es el caso de la de Blas Cuesta, trabase sociedad con una farmacia.

Abascal vendía preparados farmacéuticos ya preelaborados pues la preparación de medicamentos al momento quedaba estrictamente en manos de farmacéuticos con la adecuada formación. De este modo las driguerías y la de Abascal y Compañía entre ellas eran una suerte de antecedente (salvando las distancias) de las actuales parafarmacias. Más allá de los medicamentos preparados Abascal vendía también productos químicos para su uso en farmacopea y finalmente los productos de limpieza e higiene propios de una droguería entre los que se esforzaba en destacar su "gran surtido de esponjas".

En los años veinte José Rubió Abascal tomó el control del negocio de la plaza del Mercado, que resultó intervenido por la C.N.T y la U.G.T durante la Guerra Civil, en tanto el almacén de la calle Cervantes pasaba a manos de José Rubio Mir. Bajo la dirección de Rubio Abascal la antigua droguería acabaría durante la posguerra reconvertida en farmacia, haciendo honor a la antigua vocación farmacéutica del comercio para dar lugar a la conocida farmacia Rubio Abascal de la calle de San Fernando.


Comercios Históricos de Valencia: el libro.

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lunes, 3 de noviembre de 2014

Camisería y géneros de punto de Leonardo Sanz Cases. Calle del Mar 4.

Camisería y géneros de punto de Leonardo Sanz Cases. Calle del Mar 4.


Leonardo Sanz Cases  se establece en la calle del Mar 4 esquina a la calle Luis Vives 2 en la segunda mitad del siglo XIX, abriendo una camisería en una calle donde se concentran los comercios más potentes y prestigiosos de la ciudad y  reside una burguesía  incipiente que demanda de productos de calidad.

Leonardo es uno de los pioneros de la ropa a medida  junto a su mayor competidor que por estas fechas se estableció en la calle San Vicente número 39; se trataba de Filiberto Gamborino que ya estudiamos en este blog.

Sus productos eran ropas hechas a medida (separándose del negocio de las ropas hechas y de las roperías destinado a un público menos pudiente), géneros de punto  y corbatas. En uno de sus rótulos de su fachada ochocentista se indicaba la frase "Camisería económica", imaginamos que esto no se constataba con la realidad a tenor de la publicidad idealizada y representando a damas bien vestidas que lucían espectaculares sombreros y atuendos.Esta camisería se apuntó a la moda de los grandes almacenes de la Isla De Cuba publicitando que sus precios eran fijos y no cabía el regateo.

Fotografía antigua y comparativa de A. Martínez. Fuente: La Valencia desaparecida.
En los últimos años del siglo XIX  Leonardo Sanz se asocia con Maset, sociedad que pasará a llamarse "Sanz y Maset", que perduró hasta finales de los años diez del siglo XX. Es en este periodo cuando se desarrolla la publicidad más artística y la fachada de su comercio es reproducida en fotografías comerciales que reflejamos en este artículo.

Tras el fallecimiento de Leonardo Sanz Cases  en 1915, con posterioridad la sociedad pasa a nombre de Maset  esta vez asociado con un tal Poyó  "Maset y Poyó" durante las décadas de los años veinte y treinta del siglo XX.


Exterior e interior de la camisería Molina. Fuente: Remember Valencia
En la posguerra la camisería  cambia de propietario a nombre de Jose María Molina Tudela , conocida como  Camisería Molina. No sabemos cuando cerró pero perduró como camisería al menos hasta el año 1966.

Autores: Enrique Ibáñez y Gumer Fernández.