martes, 30 de diciembre de 2014

PELUQUERÍA DE JOSÉ BOVÍ. PLAZA DE LA REINA 7

PELUQUERÍA DE JOSÉ BOVÍ, PLAZA DE LA REINA 7


Boví en una postal coloreada de la primera década del siglo XX

De entre los comercios vinculados a la higiene y ornato personal, las barberías y peluquerías son probablemente el más habitual y exitoso. Tienen estos establecimientos curiosos antecedentes pues en el pasado el barbero, persona diestra en el manejo de la cuchilla, no solo se dedicó al arte de rapar barbas y modelar pelajes sino que además ejercía funciones sanitarias propias de un enfermero o un odontólogo. El barbero en época moderna practicaba sangrías, sajaba forúnculos y quistes y extraía muelas. Los avances sanitarios del mundo contemporáneo fueron apartando al barbero de tales funciones, cada vez más especializadas a medida en que la ciencia avanzaba y el mundo tomaba conciencia sobre el origen de las enfermedades y la conveniencia de dejar la práctica sanitaria en manos de personas cada vez mas especializadas. Aún con esas no era extraño que a mediados del siglo XX el peluquero del barrio ejerciese aún como improvisado ATS administrando inyecciones a quien se lo solicitase.

Llegados tiempos contemporáneos la barbería comenzaba también a refinarse. Hemos visto a menudo en este blog como según aumentaba el nivel de vida medio de la población determinados comercios surgían o se transformaban. La barbería había representado a nivel popular el papel de comercio especializado pero de necesidad tanto para quien desease mantener su barba a raya como, ya hemos visto, para quien necesitase sacarse un diente, Por supuesto la alta sociedad contaba con refinados peluqueros encargados de poner a la moda regias y nobles cabezas, existía de esta forma una gran diferencia entre el tosco barbero de barrio y el refinado coiffeur, que así eran llamados a la francesa, que peinaba a princesas y señoronas.

A finales del siglo XIX tal y como hemos comentado ya en el blog, la sociedad se encontraba en plena transformación. El poder basado en los privilegios de la vieja nobleza de sangre había pasado a una burguesía industrial y comercial que lo ejercía en base a su elevada posición económica. Pero aunque esta nueva clase dirigente hubiese querido que los cambios quedasen ahí, las transformaciones sociales continuarían y las clases populares de forma cada vez más insistente, reclamaban su parte de influencia al tiempo que no sin violencia y conflictividad, la tecnología contemporánea  mejoraba su calidad de vida. 

La vieja barbería de barrio fue por tanto refinándose para cubrir el gran salto de calidad que en el pasado había entre el barbero popular y el peluquero de casa y corte que atendía a la élite. Los establecimientos de barbería se encontraron con la conveniencia de atender a un público cada vez más amplio y variado formado por ese enorme conjunto de personas que iban desde el rico, pero no tanto como para tener peluquero privado al pobre, pero no tanto como para no poder cuidar su aseo e imagen. Ciertas peluquerías se convirtieron así en establecimientos interclasistas a los que acudía desde el pequeño industrial de éxito dueño de una modesta fortuna al comerciante de barrio, pasando por el funcionario, el profesional liberal o todo aquel cuyo nivel de vida descollaba algo de la miseria.

La peluquería, a la derecha junto a la platería La Parisien. A la izquierda, La primitiva Isla de Cuba de los Campoy antes de la construcción del nuevo inmueble.


En esas andaba la sociedad cuando José Boví abrió una peluquería llamada durante algunas décadas a ser establecimiento emblemático de la populosa, céntrica y comercial plaza de la Reina, recoleto triángulo del que partía la calle de San Vicente o la de Zaragoza, hoy monstruoso y deforme boquete urbano obtenido con poca traza y pobre criterio a golpe de piqueta, sobre la ruina del histórico barrio de Zaragoza y que hoy ni permite la contemplación de la Catedral tal y como debiera ni parece otra cosa que una pista de coches de feria rumbo a un aparcamiento subterráneo y un parque de poca gracia y ningún ornato artístico.

Boví abrió su peluquería en el último lustro del siglo XIX, en Reina 7, en competencia con la peluquería de Vitorio Hernández, establecimiento de mayor antigüedad que prestaba sus servicios en el número 2 de dicha plaza y que pronto se vería desbancado por Boví.

Boví tuvo de su parte el buen criterio a la hora de elegir emplazamiento para su negocio, decisión crucial de la que depende en buena parte el éxito o el fracaso de un negocio. La plaza de la Reina era populosa y comercial pero además ocupaba un punto medio entre la vieja Valencia representada por los barrios más céntricos y la nueva Valencia auspiciada por la burguesía cuya vida económica y social comenzaba a bascular hacia lo que hoy es plaza del Ayuntamiento.

Si la plaza de la Reina era un buen espacio comercial, el lugar elegido dentro de ella no estaba peor elegido; frente a la perfumería L´Ideal por un lado y frente a la exitosa Isla de Cuba de los Campoy por otro, a la vista de la calle de San Vicente y bien cerca de la de Zaragoza y con un llamativo rótulo que con historiadas pero bien legibles letras blancas sobre fondo oscuro lo hacían resaltar de entre los de sus vecinos y en el que sin más historia podía leerse bien a las claras, "Bovi peluquero".

Así esta peluquería, que no hubiese sido sino una más de la ciudad se ha convertido en uno de los iconos visuales de las fotografías antiguas de la plaza, perfectamente reconocible en ellas y presente en casi cualquier imagen en la que el fotógrafo quisiese tomar una vista abierta con el campanario de Santa Catalina por fondo.



Sin embargo la peluquería no fue un establecimiento longevo sino un comercio vinculado a la persona de su propietario quien al parecer falleció en 1935. No parece que el comercio le sobreviviese por lo que la peluquería no llegó a cumplir ni de lejos el medio siglo de existencia, de la cual, sin embargo y a despecho de otros comercios de mayor recorrido, ha quedado abundante constancia gráfica.

Autores: Gumer Fernández Serrano y Enrique Ibáñez López




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viernes, 19 de diciembre de 2014

CAMISERÍA "EL SIGLO XX" DE JOSÉ ARNAU, CALLE DE ZARAGOZA 1

CAMISERÍA "EL SIGLO XX" DE JOSÉ ARNAU, CALLE DE ZARAGOZA 1


Fachada de la camisería recayente a la calle de Zaragoza. Fuente: Remember Valencia.

Antes de que los centros comerciales y grandes almacenes acaparan el protagonismo comercial en la ciudad, el pequeño comercio cubría la totalidad de las necesidades de la población, desde la alimentación al vestido, pasando por todo tipo de actividades y productos.

En tiempos de mayor escasez que los actuales los comercios más habituales y populares se relacionaban con actividades básicas de subsistencia o incluso con la provisión de materias primas para su elaboración artesanal en casa. Un nivel por encima de estos comercios encontramos a aquellos que proveían productos necesarios para la vida cotidiana, con diverso nivel de sofisticación en función del producto y de la capacidad adquisitiva de sus potenciales compradores.

Entre las capas más humildes de la población la ropa se reutilizaba, heredaba, remendaba y componía con el fin último de hacerla durar. Por extraño que suene hoy en día a principios del siglo XX prendas tan comunes como unos zapatos suponían un gasto importante en relación al magro sueldo de un trabajador y es por ello no solo que la ropa se heredase, remendase y aún adquiriese de segunda o tercera mano sino además que a diario se vistiese ropa “de batalla”, prendas de trabajo y que las prendas más elegantes o menos funcionales se reservasen para momentos muy puntuales

Si las gentes humildes no frecuentaban en exceso comercios tales como el que hoy nos ocupa, las gentes pudientes recurrían al sastre para que les confeccionase su ropa a medida, y evitando mezclarse con el populacho en las concurridas calles de la ciudad a menudo era el sastre quien acudía a domicilio. En este sentido la Valencia medieval y moderna era una ciudad de contrastes en la que convivían, sin mezclarse,  los sastres de la aristocracia con las tiendas de ropavejeros que formaban parte del paisaje de algunas zonas del actual barrio del Mercado.

Con la revolución industrial y las revoluciones burguesas se producirán las transformaciones sociales que habrán de dar lugar a una burguesía industrial y comercial con diversos grados de poder adquisitivo y muy lentamente acabarán dando forma a la “clase media”. Simplificando un tanto la cuestión diremos que poco a poco habrá en la ciudad personas ni tan pobres como para comprar ropa remendada de segunda mano ni tan opulentas como para tener un sastre a su servicio. 

Las camiserías eran uno de esos comercios que daba respuesta a las nuevas necesidades de una población con creciente poder adquisitivo. A principios de la década de 1890 eran 30 las que prestaban servicio en la ciudad; un buen número aunque muy inferior al de otros comercios de artículos de primera necesidad, pero que mostraba a las claras que el negocio de prendas manufacturadas se encontraba al alza. Tal vez por esta razón entre esas 30 camiserías se encontraba, recién abierta, la de José Arnau.

“El Siglo XX” fue el nombre elegido por Arnau para su comercio. A finales del siglo XIX la promesa de un nuevo siglo inspiraba los nombres de otros comercios abiertos en ese periodo, entre los cuales se encontraba nada menos que “El Siglo Valenciano”. La proximidad del cambio de siglo inspiraba unas expectativas de cambio y modernidad que Arnau sin duda quiso atraer hacia su comercio con tal denominación, con las que sin duda apelaba a la novedad de su recién inaugurada camisería frente a otras más asentadas en la vida comercial urbana de Valencia.

Abierta en San Vicente 48 (luego 44), con el cambio de siglo llegó también, en 1904 o acaso a principios de 1905, el cambio de sede de la camisería, que dedicada a la venta de tales prendas pero también de géneros de punto diversos y de corbatas, se establece en el número 1 de la populosa y comercial calle de Zaragoza, calle semidesaparecida pues de ella conservamos hoy uno de los frentes de fachada de la misma, en el lado occidental de la plaza de la Reina. Fue esta calle de Zaragoza, devenida hoy en mero sector de la amorfa y mal distribuida plaza citada, una de las más comerciales de la ciudad, pero si a la ubicación de la camisería le añadimos que ese número 1 hacía esquina con la plaza de Santa Catalina, podemos decir sin lugar a dudas que el emplazamiento de la camisería de José Arnau era inmejorable.


Siempre bajo propiedad de José Arnau la camisería se mantuvo en su esquina, fiel a su clientela hasta los años veinte del siglo pasado. No llegó a conocer los tiempos de la República ni parece que fuera traspasada, sino que ligada a su fundador, cerró cuando este cesó en sus actividades. A principios de los años treinta del siglo XX ocupaba el local que fuera camisería, la tienda de objetos artísticos de Julio Torres.

martes, 9 de diciembre de 2014

Taller de velámenes y toldos de Vicente Llorens Oliver. Muelle de Levante.

Publicidad del negocio
Vicente Llorens Oliver  siempre estuvo vinculado por el mar. En el año 1904 era el representante de la Sociedad Marina Auxiliante de Pueblo Nuevo del Mar en la Asamblea de Pesca de ese año. 
en la década de los años 10 del siglo XX en la playa de Levante.El negocio consiste  en la construcción de encerados y toldos para los barcos mercantes y velas para barcos y barcas de pesca. Este negocio se trasladó diez años después la la plaza de la Cruz 4, en la avenida del Puerto 193, y la calle Marino Sirera 3.

El taller tenía gran posibilidad de negocio: encerados para barcos, construcción y reparación de velas de embarcaciones, construcción de tiendas de campaña, toldos para comercios, telas para botes salvavidas...También se alquilaban toldos de todo tipo.
Barcas de vela . Tarjeta postal
Vicente Llorens Oliver  fundó la Sociedad Ateneo Musical del Puerto  en el año 1933, siendo Presidente de la anterior  Patronato Musical (desde 1894) y primer Presidente de la Sociedad naciente.

Por esos años el negocio prosperaba y se publicitaba en multitud de revistas de carácter naval como en la revista España Marítima y Pesquera, y como dato anecdótico señalar que en dicha revista por un error tipográfico se reseñaba la dirección  Avenida del Puente 193 en vez de La Avenida del Puerto 193.

En los años 40, el negocio pasa a nombre de sus hijos y el taller pasa a denominarse Hijos de Vicente  LLorens Oliver, estableciéndose en la calle San Vicente Mártir 124 y en el muelle de Poniente 14, En los años 60 también tuvieron como dirección la Avenida Francia 9.

Vicente Llorens falleció en el año 1952 y sus hijos siguieron con el negocio de su padre por lo menos hasta bien entrados los sesenta. Este taller  fabricó los toldos de las sombrillas que tapaban a los guardas de circulación  de la ciudad de Ceuta.

Autores: Enrique Ibáñez y Gumer Fernández.