domingo, 29 de marzo de 2015

De compras por Valencia en 1900

DE COMPRAS POR VALENCIA EN 1900 

PRIMERA PARTE: LA ALIMENTACIÓN


Hasta hoy hemos visto en el blog la historia individual de comercios de la ciudad. Hoy vamos a hacer algo diferente.

La razón de ser del comercio no es otra que atender a las necesidades de las personas. Nos pondremos ahora en la piel de una persona cualquiera para… irnos de compras.

Ricos o pobres todos tenemos la necesidad de comer. Los establecimientos de alimentación proliferaban, los había por todas partes y eran los más frecuentes a lo largo y ancho de la ciudad. 

La prevalencia de un tipo de comercio sobre otros o la relación porcentual entre unas actividades y otras es un buen indicativo sobre el nivel de desarrollo socioeconómico de una población, escapa a nuestra intención desarrollar en el blog un estudio completo sobre la cuestión por lo que solo adelantaremos que si bien la ciudad manifiesta en este momento claros indicios de desarrollo social de carácter capitalista e industrial urbano, las necesidades y posibilidades de amplias capas de la población se mueven en este momento aún en torno en niveles relacionados más con la cobertura de necesidades perentorias como la alimentación y el vestido, que con el consumo de masas y de ocio que definiría a una sociedad de clases medias. Valencia es una ciudad en la que una masa de población humilde continúa empeñada poco más que en sobrepasar el umbral de subsistencia si bien se atisban cambios en el tejido social que a lo largo del tiempo se revelaran en una modificación de las características del tejido comercial.

Plano de Valencia en la Guía Baedeker de 1900.
Fuente:foro Remember Valencia II 
En Valencia hay riqueza, pero el valenciano medio de 1900 está lejos de vivir con holgura y las diferencias de poder adquisitivo entre clases a menudo son demoledoras. No obstante el tejido comercial de la ciudad está ganando complejidad evidencia de una sociedad que a su vez comienza a ser más compleja en lo que a posibilidades económicas se refiere.

Pero como decíamos, todos sean ricos o pobres, comen. Pero no todos comen lo mismo ni pueden permitirse los mismos refinamientos. Así las clases populares acuden a los colmados o abacerías, tiendas de alimentación en las que se podía encontrar una amplia variedad de productos que iban del humilde arroz al dulce chocolate. Bien podía ser este chocolate de la marca “El Barco”*, fabricado entre finales del siglo XIX y principios del XX en la ciudad y cuyas lujosas cajas metálicas y colecciones de cromos hacían las delicias de quienes podían pagarlo. No todos podían, las clases populares consumían poco chocolate y cuando lo hacían habían de conformarse con su versión más modesta: una mezcla de cacao y harina de arroz.


 Por encima de las abacerías en lo que a sofisticación se refiere, los ultramarinos vendían productos de importación, procedentes del comercio de ultramar. Esta especialización les daba nombre y no cabe señalar que bastantes de estos productos no estaban al alcance de cualquier bolsillo. Claro está que las abacerías podían animarse a vender productos de ultramar y los ultramarinos ampliar su clientela con la venta de productos variados de alimentación. Por esta razón con el tiempo ambas categorías acabaron por confundirse y hoy abacería anda en desuso y hablamos de ultramarinos para referirnos a cualquier pequeño comercio de alimentación. No es casualidad: con el tiempo ha prevalecido la denominación de mayor prestigio pues ¿qué comerciante se contentaría con regentar una humilde abacería pudiendo poseer un exótico ultramarinos?.

Un establecimiento especializado en alimentación eran las tiendas de salazones. De ellas aún conservamos el ejemplo de Salazones Bonanad en la calle del Trench*. A principios del siglo XX la salazón de pescados comunes como la sardina o el bacalao era una de las pocas oportunidades razonables para el consumo (moderado) de proteína animal que tenían las clases más humildes. La salazón facilitaba además el comercio de pescado rumbo hacía Castilla y Aragón aunque las pequeñas tiendas locales se dedicaban ante todo al abasto de las necesidades de la ciudad.

Salazones Bonanad. Fotografía ilustrativa del artículo que el diario Las Provincias dedicó a nuestro libro "Comercios históricos de Valencia" y que acompaña entre otras inéditas cedidas por sus propietarios, al artículo sobre esta tienda de salazones centenaria.
El número de carnicerías era ya respetable a principios de siglo. Comer carne a diario era un lujo que no estaba al alcance de la mayoría. En cualquier caso el creciente nivel de vida permitía a la mayoría un consumo considerablemente más moderado que en la actualidad pero no completamente inhabitual. Los carniceros podían abastecerse de cualquiera de los 8 tratantes de carnes de la ciudad, la mitad de los cuales de los cuales, como los hermanos José y Mariano Alapont de la calle Corona, Eugenio Chiner, con puesto en el Mercado Nuevo y Cayetano Marco de la calle Trench eran minoristas a su vez. Que menos que un buen cuchillo para ejercer este oficio, en la época se hacían para durar y pasaban de generación en generación, no es de extrañar que solo hubiese tres cuchillerías en toda la ciudad, dos de ellas en la calle de la Lonja. Muy cercana a la profesión del cuchillero era la del vaciador, vendedor y fabricante de instrumentos de cubertería y herramientas de empleo doméstico como tijeras y cuchillería especializada; 8 atendían en Valencia.

En cambio y por sorprendente que sea en una ciudad tan cercana a un puerto de mar, en 1900 solo había 16 pescaderías, algunas de ellas en puestos de mercado y otras como parte de las tiendas de alimentación y salazones. Conservar el pescado era un problema notable pues aunque existía la tecnología necesaria, ni el suministro eléctrico para mantenerlas en marcha era plenamente fiable ni los refrigeradores eran económicos. Siempre podía recurrirse al viejo (y ya muy desfasado) recurso a los neveros de montaña, pero el uso de nieve no dejaba de suponer un notable problema de logística por lo que lo normal y razonable pasaba por comprar cada día el hielo en barra necesario y luego picarlo a mano. Los pescaderos que optaban por esta solución podían abastecerse en las fábricas de hielo artificial de Pascual Salinas, con sede en la calle de Clarachet; en la de Vicente Redondo que atendía en la plaza del Doctor Collado o en la de Adrían Cayol de la calle Ribera, donde de paso podía tomarse una cerveza recién envasada pues como ya vimos en el blog la industria cervecera necesitaba de hielo en su proceso industrial razón por la cual eran fabricas cerveceras, de gaseosas y de hielo todo en uno quien sabe si recurriendo a las máquinas refrigeradoras Fixary de fabricación francesa, de una empresa que por aquel entonces intentaba hacer negocio en Valencia.


 El Mercado Nuevo era un buen lugar para abastecerse de frutas y verduras, que no faltaba en una ciudad rodeada de huerta en regadío. A menudo era proyectil cuando sus comerciantes la emprendían con algún infortunado cargo público y solo ello ya nos sirve para entender que el suministro era abundante y el coste más que moderado pues por grande que sea su ira, no conocemos el caso de comerciante alguno que la haya emprendido contra las fuerzas del orden o los no siempre ejemplares próceres urbanos arrojándoles jamones. Con mayor calma y menor probabilidad de sustos se podían comprar frutas y verduras en cualquiera de las 18 fruterías que ese año estaban abiertas en la ciudad.

La segunda gran necesidad era la de vestido y con ella continuaremos en una nueva entrega de este paseo por la Valencia comercial de 1900.

*La historia de Salazones Bonanad y de Chocolates el Barco puede seguirse en nuestro libro "Comercios históricos de Valencia"

 Gumer Fernández Serrano y Enrique Ibáñez López


domingo, 1 de marzo de 2015

La New-York. Academia velocipédica de Lázaro y Moragues. Calle Ruzafa 55

La New-York. Academia velocipédica de Lázaro y Moragues. Calle Ruzafa 55


El negocio de ventas de bicicletas era muy próspero en Valencia, debido a un clima y una orografía favorable para su difusión. El coche era prohibitivo para la clase media valenciana que únicamente estaba reservado la burguesía que vivía en el ensanche de la ciudad.

En contra de lo que pudiera parecer, la bicicleta no era un producto excesivamente barato y al alcance de todo el mundo. Las bicicletas se compraban a plazos y diferentes comercios en Valencia se disputaban en exclusividad la venta de marcas españolas y extranjeras de carácter exclusivo. La casa de Miguel Blasco en el paseo Colón del Grao, las biclicetas Trianón en  la calle de la Paz 33 (que vendían a plazos de 23 pesetas mensuales) la Casa García en Juan de Austria 9 que además vendía complementos, o la actual tienda de bicicleta de Rafael Abad  son algunos ejemplos de la prosperidad de este negocio.
Evolución de la bicicleta. Fuente: Wikipedia
Las bicicletas eran caras por lo tanto su compra para disfruto personal y para regalar se reservaba para ocasiones especiales como navidad y reyes. Si la bicicleta se estropeaba se podía recurrir a los múltiples talleres de reparación que existían en Valencia, algunos de carácter muy modesto y casi artesanal. Destacaban los talleres de Jesús Arce en la calle Jesús, Alfredo Llopis en el paseo de Colón o Emilio Pérez en la calle Sevilla.

Esta publicidad corresponde al negocio de almacén de bicicletas de Lázaro y Moragues situado en la calle de Ruzafa número 55, lugar donde estuvo ubicado el antiguo Tívoli  valenciano como reza en esta publicidad. el Tívoli estuvo abierto en la calle Ruzafa desde el año 1877 hasta 1892.

El negocio de bicicletas recibía el nombre de La New-York, un nombre que hoy nos resulta peculiar pero que a principios de siglo era bastante habitual tanto en Valencia como en el resto de España. En nuestra ciudad  existía la funeraria llamada New Funeral ubicada en la calle Colón nº 22 o la compañía de seguros  New-York sita en la plaza de Tetuán nº 18. Este nombre aplicado al mundo de las bicicletas reforzaba la idea de que ir en bicicleta estaba de moda y era un deporte propio de las sociedades más avanzadas.

Este negocio de bicicletas no difería demasiado con respecto a su competencia. Se vendían bicicletas fabricadas en U.S.A. Inglaterra y Francia así como sus accesorios. Aquellas personas que no se podían permitir el lujo de adquirir una la podía alquilar a un precio de 1 peseta.En su publicidad no se recataban en afirmar que tenían la mayor selección de bicicletas de toda España, en una época donde la publicidad engañosa estaba permitida.

Muy novedoso debería ser el mundo de la bicicleta para tener que explicar cómo funcionaba un método de transporte tan fácil de utilizar (al menos desde nuestra mentalidad moderna). El negocio disponía de una Academia velocipédica, de carácter gratuito para convencer a los recelosos de las dos ruedas de las ventajas de este novedoso método de transporte. Había que captar nuevos clientes a toda costa.

La sociedad entre Lázaro y Moragues (como casi todas las sociedades) duró tan poco que no podemos decir de que año es esta publicidad. El primero en adentrarse en el negocio de ventas de bicicletas fue Enrique Moragues que abrió tienda de bicicletas en el temprano año de 1897 en la calle Colón nº 3. Manuel Lázaro aparece en el año 1922 como vendedor de bicicletas, muy posiblemente después de esa sociedad con Moragues, en la calle Guillem de Castro nº 27, negocio que estuvo abierto hasta la República Española. En  1931 el negocio lo regentó su viuda.

Autores: Enrique Ibáñez y Gumer Fernández.







jueves, 5 de febrero de 2015

TIENDA DE ACEITE Y VINO AL POR MAYOR DE RAMÓN CASANOVA. CALLE DE LA BEATA, 8

TIENDA DE ACEITE Y VINO AL POR MAYOR DE RAMÓN CASANOVA. CALLE DE LA BEATA, 8



Muchos comercios han ido cambiando de actividad para adaptarse a los tiempos o a las necesidades del mercado. Algunos, como la famosa Tienda de las Ollas han protagonizado cambios de actividad sorprendentes, saltando de una actividad a otra sin aparente relación entre sí.

Otros comercios sin embargo han evolucionado en el tiempo pasando de una actividad a otra diferente aunque afín con la que hubiesen venido desarrollando. Tal es el caso de las tabernas y las botillerías, algunas de las cuales fueron evolucionando para dar lugar a los refinados cafés, a bodegas o a tiendas de ultramarinos, evolución que también podía darse a la inversa.

En los años 80 del siglo XIX Salvador Casanova regentaba una taberna en el número 8 la popular calle de la Beata, del barrio del Mercado de Valencia, una zona popular y populosa de la ciudad alejada del refinamiento de otras zonas de la ciudad.

El oficio de tabernero obligaba al esforzado propietario a bregar con el bullicio y ajetreo propio del ejercicio de la hostelería, a tareas un tanto más ingratas como la de lidiar con parroquianos ebrios pero también a gestionar el inventario de mercancías y cargar y descargar cada mañana bien temprano las pipas o barricas de vino, que constituía por entonces la bebida por excelencia en los ambientes populares. Debía además el tabernero estar en guardia frente al vino adulterado o excesivamente aguado aunque no faltaban tampoco quienes lo aguaban a propósito o rectificaban añadiendo acido acético a  un vino malo y picado para hacerlo pasar por aceptable. Eran en fin muchos los trucos de la profesión, como el de reservar el vino bueno para los primeros tragos y servir el vino rancio, picado o aguado cuando la ebriedad del parroquiano e impedía ya apreciar adecuadamente el sabor y propiedades de la bebida.

La taberna se mantuvo hasta los primeros años de la década de 1890 o acaso los últimos de la década anterior. En ese intervalo Salvador deja el negocio que pasa a Ramón Casanova quien a renglón seguido lo reorienta transformándolo en un ultramarinos, aunque no tardaría demasiado en enfocar su negocio a la venta de aceites, vinos y licores al por mayor, actividad a medio camino entre la del colmado de barrio y la taberna y tal vez menos esforzada u onerosa que la de tabernero.

Detalle del gran anuncio de la destilería Aparici, Sanz y Ortiz, en la fachada del establecimiento.

La tienda de aceite, vino y licores al por mayor mantuvo sus puertas abiertas en el 8 de la calle de la Beata durante casi dos décadas con Casanova al frente, que alternaba sus tareas como mayorista de aceites y vinos con las de comisionista, tal vez aunque no podemos afirmarlo, como corredor de vinos y aceites, lo que sería lógico y acorde con la naturaleza de su comercio. Poco antes de 1910 Ramón Casanova dejó el testigo a José Montesinos, que intitulándose “sucesor de Rn. Casanova” regentó la tienda durante su última etapa de funcionamiento. 
Es muy probable que fuese José quien dotase a la tienda de línea de teléfono, una innovación tecnológica que en los años veinte no se encontraba nada generalizada entre los comerciantes de la capital y cuyo uso normalmente quedaba reservado a los comerciantes más prósperos y aún entre estos, solo a aquellos que requerían de un contacto muy inmediato con clientes o proveedores por lo que la posesión del preciado teléfono parece revelarnos cierto espíritu emprendedor en José pero también que su tienda era un negocio lo bastante rentable como para justificar el gasto en una tecnología con la que no contaban otras tiendas de mayor prestigio y boato. La tienda cerró en los años veinte del pasado siglo. 

Autores: Gumer Fernández y Enrique Ibáñez


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jueves, 29 de enero de 2015

JOSÉ PÉREZ E IGNACIO SESÉ, AGENTES DE QUINTOS. CALLES RIBERA Y REY DON JAIME.

JOSÉ PÉREZ E IGNACIO SESÉ, AGENTES DE QUINTOS. CALLES RIBERA Y REY DON JAIME.

Para ver a modo de introducción, algunos comentarios sobre el reclutamiento militar a finales del siglo XIX pinchad aquí:

http://comercioshistoricosdevalencia.blogspot.com.es/2015/01/agentes-de-quintos-en-valencia-entre-la.html

Los agentes de quintas actuaban como intermediarios cuando una familia acomodada quería librar a uno de sus miembros varones de los rigores de la guerra. En tiempos de paz todo podía arreglarse mediante el abono de una fuerte suma, pero cuando las necesidades de la guerra incrementaban la demanda de efectivos militares resultaba imprescindible encontrar un sustituto.

"A Cuba por no tener cien reales" La escena ilustra con dramatismo la desesperación de una familia al no poder librar al hijo mayor del reclutamiento para la Guerra de Cuba por carecer de la renta necesaria para comprar la exención. Originalmente publicado por la revista satírica. "El Motín".
La tarea no era difícil pues en caso de no poder comprar o coaccionar a un empleado o subalterno para que cargase con la obligación siempre podía encontrarse a quien por estar en situación de necesidad aceptase ser reclutado a cambio de una compensación.

Era aquí donde entraban en juego las agencias de quintas que se encargaban de prestar el servicio de intermediación entre unos y otros. A ellas acudían quienes deseaban librarse del servicio presentando un sustituto y ellas se encargaban de encontrar tal sustituto.

Cabe decir que a la evidente injusticia del sistema se añadía el que a las familias pudientes eximir a sus varones del servicio podía resultarles extremadamente económico. No siempre era preciso pagar al sustituto una gran suma que cuanto menos hubiese servido como compensación, a menudo bastaba con ofrecer empleo a un padre desempleado con varios hijos al cargo y familia en situación de necesidad, para que uno de los hermanos en edad militar aceptase el sacrificio como medio de salvación familiar: en otras ocasiones bastaba con amenazar con el desahucio a la familia de inquilinos que por falta de ingresos se retrasasen en el pago de la renta para que uno de los varones de la familia se viese forzado a aceptar la sustitución. La injusticia inherente al sistema se veía reforzada por la capacidad de coacción que los beneficiarios del mismo podían ejercer sobre los perjudicados por el mismo.

Cuando el sustituto no aparecía o la coacción no daba frutos era preciso recurrir a otros medios, había llegado el momento de recurrir a un agente de quintas, que se ocupaba del engorroso asunto buscando a un sustituto para cada uno de sus clientes, si bien aunque esta era la actividad más relevante del negocio, el agente de quintos podía actuar también como gestor o asesor en otros asuntos administrativos o de orden práctico relacionados con el reclutamiento.

En 1892 existía un único agente de quintos en la ciudad de Valencia. Se trataba de José Pérez, que prestaba sus servicios en la calle Ribera 4. Es interesante constatar como la evolución de la Guerra de Cuba parece fomentar este negocio y así en 1894 a José Pérez,, se suma la agencia La Esperanza, propiedad de Ignacio Sesé Piris con sede en el 16 de la calle Rey Don Jaime, la Guerra de Cuba está a punto de estallar y con ella la demanda de reclutas rumbo a isla antillana. Poco después José se muda a la calle de Mosén Femades. En vísperas del Desastre del 98 ambas agencias parecen bastar para las necesidades de la ciudad y de hecho La Esperanza parece haber cesado su actividad aún antes de que la derrota acaezca pues su propietario se dedica ahora a otros menesteres.

No hay que esperar mucho para que las agencias de quintos entren en declive, el negocio de José Pérez sobrevive a la derrota aunque por poco tiempo pues desaparece en torno a 1900. Es evidente que la derrota en Cuba y Filipinas y el fin de las hostilidades tiene mucho que ver con este repentino cese de actividad. Nada se sabe ya de José Pérez a partir de 1901 y en lo que a Ignacio Sesé se refiere, pega este un giro radical a sus actividades para convertirse en exportador de fruta, operando desde el Grao. La actividad de los agentes de quintas resultaba un negocio muy coyuntural y estrechamente vinculado con las necesidades militares y los requerimientos en tiempo de guerra pues en tiempo de paz se requerían cupos más bajos y para quien se lo podía permitir resultaba más sencillo eludir la leva.

Cabecera de La Correspondencia de Valencia del 10 de julio de 1909. A la izquierda bajo el título "Lo de Marruecos" el diario se hace eco del ataque rifeño a los empleados de las obras del ferrocarril minero, casus belli para la II Guerra de Melilla.
Pero no habrá que esperar demasiado. África se convierte en el sustituto emocional de un ejército herido en su orgullo y de una élites económicas que observan con avidez las posibilidades de la minería en el Rif, zona del Sultanato de Marruecos reservada a la influencia española desde la Conferencia de Algeciras de 1906. La injerencia española en los asuntos internos de la región, solo muy relativamente controlada por el sultán sumiso a los intereses coloniales europeos, excita los ánimos de algunos líderes locales y la construcción del ferrocarril minero de Melilla se convierte en el detonante de la que será conocida como Guerra de Melilla de 1909. Aunque el resultado final será una costosa victoria española la campaña no estará exenta de duros reveses y la propia Melilla se encontrará durante un tiempo cercada y amenazada.

En este contexto la agencia de quintos vuelve a ser un negocio rentable, que en 1910 en Valencia asumía el Banco Aragonés de la calle de la Paz. Poco más recorrido habrían de tener estas agencias, al menos con su función original pues en 1912 el gobierno extendería el servicio militar a todos los varones en edad militar sin excepción acabando al tiempo con el negocio y con la injusticia del sistema, aunque las familias acomodadas aún se las podían arreglar consiguiendo de una forma o de otra, mejores destinos para sus hijos y esposos.

Como se ve, este peculiar negocio nunca estuvo especialmente extendido por la ciudad, con tan solo dos agentes en su periodo de apogeo. La coyunturalidad de una actividad estrechamente ligada a la recluta militar, incrementada en tiempos de guerra, no dejaba apenas margen al crecimiento, pues si bien los reclutados eran muchos solo una minoría pudiente requería los servicios de tales agencias. Con un mercado muy limitado de por sí la actividad se expandía o retraía al ritmo de la necesidad de hombres para la guerra por lo que la actividad de los agentes reaparecía y se desvanecía según llegaba guerra o paz.

No parece que tales agencias requiriesen de mayor infraestructura que un despacho, que bien podía ser una dependencia del propio domicilio del agente o alguna oficina en un inmueble compartido con otros servicios y actividades. Para tal actividad no se requería tampoco un gran bajo comercial y en definitiva la actividad podía llegar a tan lucrativa como poco costosa para el agente. No parece haber tampoco una motivación específica relacionada con las necesidades del propio negocio para la elección del emplazamiento de las agencias, las calles elegidas por los agentes particulares no se cuentan entre las más céntricas o comerciales de la ciudad, aunque la del Rey Don Jaime se signifique en su momento por su modernidad. Más llamativa sin duda es la localización de la agencia abierta por el Banco Aragonés aunque en este caso deben realizar tal función los locales de la propia entidad bancaria.




martes, 27 de enero de 2015

Agentes de quintos en Valencia entre la Guerra de Cuba y la del Rif. PRIMERA PARTE

AGENTES DE QUINTOS EN VALENCIA ENTRE LAS GUERRAS DE CUBA Y DEL RIF


PRIMERA PARTE: EL RECLUTAMIENTO MILITAR Y LAS EXENCIONES DE SERVICIO

Nos ocupamos hoy de una forma peculiar de comercio, controvertida en su tiempo y signo de injusticia social hoy: las agencias de quintos, un negocio desconocido hoy en día que jugó en el pasado un papel en los asuntos relacionados con la gestión del reclutamiento militar.

El artículo se publicará en dos partes, la primera destinada a enmarcar este peculiar negocio en el contexto del reclutamiento militar de su tiempo y la segunda, con título “José Pérez e Ignacio Sesé, agentes de quintos”, dedicada a las agencias de quintos de Valencia que operaron entre los prolegómenos de la Guerra de Cuba de 1895-98 y los primeros avatares de la Guerra del Rif hasta que en 1912 el gobierno reformó el marco legislativo para suprimir las redenciones de servicio.

Columna de infantería protegiendo un tren de transporte
Hasta 1912 el reclutamiento para el servicio de armas en España se gestionaba mediante el sistema de quintas, formadas por el conjunto de los varones que a partir de una determinada edad eran considerados aptos para el ejército, cada quinta se correspondía con la generación nacida en un mismo año y había de cubrir un cupo determinado por la necesidad de personal que el ejército tuviese y que podía completarse en tiempos de guerra con tantas levas posteriores como conviniese a la situación.

En el derecho castellano las quintas datan del s. XV aunque en términos generales cabe decir que el sistema no se mantuvo y los ejércitos de los estados peninsulares se nutrieron de mercenarios o en su defecto, de marginados que encontraban en el ejército una forma de vida y de encuadramiento social o bien de vagabundos, capturados directamente en redadas con el fin de incorporarlos a la milicia.

Primera edición impresa de la Constitución de Cádiz de 1812, "La Pepa"
El sistema comienza a cambiar a partir de 1812, cuando las Cortes de Cádiz proclaman la obligatoriedad del servicio de armas para todos los varones. Tal disposición dio paso en décadas posteriores a una sucesión de disposiciones y desarrollos legales que darían forma al servicio militar.

Quedó así instituido el servicio militar, obligatorio sí, pero no para todos los varones pues el sistema garantizó una serie de privilegios de clase que eximían del mismo a las clases más acomodadas. En 1856 se matizó la evidente injusticia social del sistema aunque sin socavar sus bases, pues el sistema de redención por clase fue sustituido por la posibilidad de quedar exento de servicio previo pago de una tasa o la presentación de un sustituto, de forma tal que fueron las capas humildes de la sociedad las que continuaron cargando sobre sus hombros el peso del servicio en tanto las clases favorecidas lo eludían. En este punto entran en juego los agentes de quintas.

Restos mortales de los defensores de Monte Arruit. 
La injusticia del sistema es evidente: en vísperas de las sucesivas guerras coloniales y durante las mismas, las clases pudientes alentaban la política militarista para favorecer sus propios intereses económicos pero no eran ellas, sino las clases humildes. las que pagaban el precio en sangre. Durante la Guerra de Marruecos o durante la Guerra de Melilla de 1909 por poner solo dos ejemplos los intereses económicos de la oligarquía industrial española fueron defendidos al precio de la vida de las clases humildes que nada tenían que ganar y sí mucho que perder pues el fallecimiento o la mutilación de un cabeza de familia podía abocar al resto de la misma a la ruina y la necesidad.

viernes, 9 de enero de 2015

TIENDA DE LUZ Y GAS DE VICENTE LÓPEZ GINER. CALLE DE SAN VICENTE 97 Y OTRAS DIRECCIONES

TIENDA DE LUZ Y GAS DE VICENTE LÓPEZ GINER. CALLE DE SAN VICENTE 97 Y OTRAS DIRECCIONES



El aceite fue el combustible principal de la escasa iluminación urbana de Valencia durante las épocas medieval y moderna durante las cuales la ciudad, al caer la noche se convertía en un dédalo de calles lóbregas apenas iluminadas por algún esporádico fanal en las esquinas de las calles más señaladas

En el ámbito doméstico la situación solo era algo mejor. La luz en las casas era pobre y vacilante, proporcionada por candiles de aceite y alguna vela de sebo o de cera. Tal situación obligaba a que la jornada de trabajo se estableciese al ritmo que marcaba el sol más que el reloj y a que en los talleres se trabajase a menudo a pie de calle, junto a la puerta del obrador.

La llegada del gas ya en el siglo XIX, que podía ser canalizado y cuyo suministro podía ser regulado según las necesidades del momento mejoró algo la situación, al menos en lo que al ámbito público y los hogares más pudientes se refiere, pues los más humildes continuaron iluminados por la vacilante llama de velas y candiles. Como es normal la llegada del gas afectó de lleno a quienes hacían negocio del suministro de combustible para los fanales de aceite de forma tal que durante un tiempo hubo quien no dudó en poner en tela de juicio la seguridad del uso de gas, sembrando la ciudad de rumores sobre el riesgo de una tragedia apocalíptica que habría de ser provocada por la explosión del peligroso nuevo combustible.

Membrete para facturas y albaranes de la fábrica de gas y electricidad Lebón en Valencia. Año 1912-
No hubo marcha atrás sin embargo, la ciudad no voló por los aires a causa de una explosión de gas y la tecnología fue mejorando para potenciar sus usos públicos y también privados hasta que la electricidad tomó el relevo del gas. En 1882, tal y como explicamos en nuestro libro Comercios Históricos de Valencia, Casa Conejos incluyó la electricidad entre sus reclamos al iluminar su escaparate con modernos faroles eléctricos, es probablemente el primer comercio valenciano en hacerlo.

Así pues, de la mano de la consolidación de estas nuevas tecnologías, surgió un nuevo tipo de comercio destinado a dar abasto a la demanda de mantenimiento  de los equipos relacionados o de productos y maquinarias que empleasen las nuevas fuentes de energía. Llega así a Valencia un nuevo concepto de comercio: la tienda de productos de luz y gas.

Mechero de gas antiguo.
Vicente López Giner era lampista de formación aunque probablemente comenzó su carrera comercial como comisionista a finales del siglo XIX. Entre 1902 y 1903 abrió una lampistería en el número 49 de la calle del Mar. En estas fechas, él o acaso alguien con él relacionado abre una tienda de aparatos eléctricos en los números 10 y 12 de Poeta Querol, aunque si Vicente tenía parte en ella, pronto parece dejarla de lado, centrado en su lampistería, que regenta hasta 1903.

A partir de ese momento la carrera de Vicente pega un vuelco. Ciertamente la lampistería guarda relación con las necesidades del suministro de gas, que ha de realizarse mediante canalizaciones debidamente selladas. Vicente debió aprovechar sus habilidades para enfocarlas hacia el emergente sector de los productos y servicios relacionados con el suministro y aprovechamiento de energía y de este modo en 1904 ya se halla abierta la tienda de mecheros y manguitos de López y García, en el 97 de la calle de San Vicente.

La sociedad López y García parece efímera pues un año después Vicente López ya regenta la tienda en solitario. La venta de mecheros y manguitos da paso en la primera década del s. XX a la incorporación de nuevos productos tales como accesorios y aparatos eléctricos.

Entre 1913 y 1914 Vicente López amplía su negocio con una segunda tienda en la calle de la Paz 5. Ambas tiendas, San Vicente y Paz, coexistirán durante pocos años pues a lo largo de la década la tienda de San Vicente pasará a manos de Salvador García, dedicado a idéntico negocio.

Vicente retendrá para sí la tienda de la calle de la Paz, aunque durante los años veinte la abandonará también de forma tal que a principios de los años treinta vemos instalado en ella a Vicente Pichó, dedicado también a la venta de aparatos eléctricos a los que sumaba la comercialización de equipos de radiotelegrafía. Vicente López Giner se muda a la calle Sevilla en la que iniciará la etapa final de su carrera comercial al abrir una fábrica de aparatos eléctricos con taller anejo de lámparas y bronces. Falleció en 1945 aunque probablemente se hallaba retirado desde tiempo antes ya que en esas fechas el local de su fábrica, ahora en manos de Vicente Cervera, estaba ya dedicado a una actividad bien diferente, la producción y venta de perfumes.



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sábado, 3 de enero de 2015

NOTICIAS Y NOVEDADES VARIAS

NOTICIAS VARIAS


Inauguramos 2015 y con él un buen número de novedades y notas de interés.

En primer lugar, los autores estamos de enhorabuena: nuestro libro Comercios Históricos de Valencia ha agotado la primera edición encontrándose la segunda ya en fase de distribución. Depurada de los errores "de juventud" propios de las primera edición, ya se encuentra en librerías.

El libro ha tenido una más que notable repercusión mediática, premiando así nuestro esfuerzo y también la firme apuesta que Carena Editors hizo por nuestro proyecto, con una edición de atractivo excepcional y excelente calidad.

Las Provincias, Levante-EMV, ABC, El Mundo y Valenciaplaza.com nos han dedicado extensos artículos en prensa en tanto que Cadena Ser, La 97.7, Radio Nacional de España y EsRadio nos han entrevistado.

Diario El Mundo 30 de diciembre del 2014
Pasados los fastos navideños tenemos preparados nuevos eventos de las que ya daremos noticia a su debido tiempo.

En el blog vamos a incluir una novedad. Ocasionalmente y entre los artículos habituales centrados en la historia de un comercio enmarcada en su contexto histórico incluiremos algún esporádico artículo en torno a anécdotas o curiosidades sobre la historia comercial de la ciudad. En esencia seguiremos igual que hasta ahora, pero con la inclusión ocasional de algún artículo anecdótico que proporcionará cierta variedad de contenidos. El primero de ellos saldrá mañana.


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