domingo, 29 de marzo de 2015

De compras por Valencia en 1900

DE COMPRAS POR VALENCIA EN 1900 

PRIMERA PARTE: LA ALIMENTACIÓN


Hasta hoy hemos visto en el blog la historia individual de comercios de la ciudad. Hoy vamos a hacer algo diferente.

La razón de ser del comercio no es otra que atender a las necesidades de las personas. Nos pondremos ahora en la piel de una persona cualquiera para… irnos de compras.

Ricos o pobres todos tenemos la necesidad de comer. Los establecimientos de alimentación proliferaban, los había por todas partes y eran los más frecuentes a lo largo y ancho de la ciudad. 

La prevalencia de un tipo de comercio sobre otros o la relación porcentual entre unas actividades y otras es un buen indicativo sobre el nivel de desarrollo socioeconómico de una población, escapa a nuestra intención desarrollar en el blog un estudio completo sobre la cuestión por lo que solo adelantaremos que si bien la ciudad manifiesta en este momento claros indicios de desarrollo social de carácter capitalista e industrial urbano, las necesidades y posibilidades de amplias capas de la población se mueven en este momento aún en torno en niveles relacionados más con la cobertura de necesidades perentorias como la alimentación y el vestido, que con el consumo de masas y de ocio que definiría a una sociedad de clases medias. Valencia es una ciudad en la que una masa de población humilde continúa empeñada poco más que en sobrepasar el umbral de subsistencia si bien se atisban cambios en el tejido social que a lo largo del tiempo se revelaran en una modificación de las características del tejido comercial.

Plano de Valencia en la Guía Baedeker de 1900.
Fuente:foro Remember Valencia II 
En Valencia hay riqueza, pero el valenciano medio de 1900 está lejos de vivir con holgura y las diferencias de poder adquisitivo entre clases a menudo son demoledoras. No obstante el tejido comercial de la ciudad está ganando complejidad evidencia de una sociedad que a su vez comienza a ser más compleja en lo que a posibilidades económicas se refiere.

Pero como decíamos, todos sean ricos o pobres, comen. Pero no todos comen lo mismo ni pueden permitirse los mismos refinamientos. Así las clases populares acuden a los colmados o abacerías, tiendas de alimentación en las que se podía encontrar una amplia variedad de productos que iban del humilde arroz al dulce chocolate. Bien podía ser este chocolate de la marca “El Barco”*, fabricado entre finales del siglo XIX y principios del XX en la ciudad y cuyas lujosas cajas metálicas y colecciones de cromos hacían las delicias de quienes podían pagarlo. No todos podían, las clases populares consumían poco chocolate y cuando lo hacían habían de conformarse con su versión más modesta: una mezcla de cacao y harina de arroz.


 Por encima de las abacerías en lo que a sofisticación se refiere, los ultramarinos vendían productos de importación, procedentes del comercio de ultramar. Esta especialización les daba nombre y no cabe señalar que bastantes de estos productos no estaban al alcance de cualquier bolsillo. Claro está que las abacerías podían animarse a vender productos de ultramar y los ultramarinos ampliar su clientela con la venta de productos variados de alimentación. Por esta razón con el tiempo ambas categorías acabaron por confundirse y hoy abacería anda en desuso y hablamos de ultramarinos para referirnos a cualquier pequeño comercio de alimentación. No es casualidad: con el tiempo ha prevalecido la denominación de mayor prestigio pues ¿qué comerciante se contentaría con regentar una humilde abacería pudiendo poseer un exótico ultramarinos?.

Un establecimiento especializado en alimentación eran las tiendas de salazones. De ellas aún conservamos el ejemplo de Salazones Bonanad en la calle del Trench*. A principios del siglo XX la salazón de pescados comunes como la sardina o el bacalao era una de las pocas oportunidades razonables para el consumo (moderado) de proteína animal que tenían las clases más humildes. La salazón facilitaba además el comercio de pescado rumbo hacía Castilla y Aragón aunque las pequeñas tiendas locales se dedicaban ante todo al abasto de las necesidades de la ciudad.

Salazones Bonanad. Fotografía ilustrativa del artículo que el diario Las Provincias dedicó a nuestro libro "Comercios históricos de Valencia" y que acompaña entre otras inéditas cedidas por sus propietarios, al artículo sobre esta tienda de salazones centenaria.
El número de carnicerías era ya respetable a principios de siglo. Comer carne a diario era un lujo que no estaba al alcance de la mayoría. En cualquier caso el creciente nivel de vida permitía a la mayoría un consumo considerablemente más moderado que en la actualidad pero no completamente inhabitual. Los carniceros podían abastecerse de cualquiera de los 8 tratantes de carnes de la ciudad, la mitad de los cuales de los cuales, como los hermanos José y Mariano Alapont de la calle Corona, Eugenio Chiner, con puesto en el Mercado Nuevo y Cayetano Marco de la calle Trench eran minoristas a su vez. Que menos que un buen cuchillo para ejercer este oficio, en la época se hacían para durar y pasaban de generación en generación, no es de extrañar que solo hubiese tres cuchillerías en toda la ciudad, dos de ellas en la calle de la Lonja. Muy cercana a la profesión del cuchillero era la del vaciador, vendedor y fabricante de instrumentos de cubertería y herramientas de empleo doméstico como tijeras y cuchillería especializada; 8 atendían en Valencia.

En cambio y por sorprendente que sea en una ciudad tan cercana a un puerto de mar, en 1900 solo había 16 pescaderías, algunas de ellas en puestos de mercado y otras como parte de las tiendas de alimentación y salazones. Conservar el pescado era un problema notable pues aunque existía la tecnología necesaria, ni el suministro eléctrico para mantenerlas en marcha era plenamente fiable ni los refrigeradores eran económicos. Siempre podía recurrirse al viejo (y ya muy desfasado) recurso a los neveros de montaña, pero el uso de nieve no dejaba de suponer un notable problema de logística por lo que lo normal y razonable pasaba por comprar cada día el hielo en barra necesario y luego picarlo a mano. Los pescaderos que optaban por esta solución podían abastecerse en las fábricas de hielo artificial de Pascual Salinas, con sede en la calle de Clarachet; en la de Vicente Redondo que atendía en la plaza del Doctor Collado o en la de Adrían Cayol de la calle Ribera, donde de paso podía tomarse una cerveza recién envasada pues como ya vimos en el blog la industria cervecera necesitaba de hielo en su proceso industrial razón por la cual eran fabricas cerveceras, de gaseosas y de hielo todo en uno quien sabe si recurriendo a las máquinas refrigeradoras Fixary de fabricación francesa, de una empresa que por aquel entonces intentaba hacer negocio en Valencia.


 El Mercado Nuevo era un buen lugar para abastecerse de frutas y verduras, que no faltaba en una ciudad rodeada de huerta en regadío. A menudo era proyectil cuando sus comerciantes la emprendían con algún infortunado cargo público y solo ello ya nos sirve para entender que el suministro era abundante y el coste más que moderado pues por grande que sea su ira, no conocemos el caso de comerciante alguno que la haya emprendido contra las fuerzas del orden o los no siempre ejemplares próceres urbanos arrojándoles jamones. Con mayor calma y menor probabilidad de sustos se podían comprar frutas y verduras en cualquiera de las 18 fruterías que ese año estaban abiertas en la ciudad.

La segunda gran necesidad era la de vestido y con ella continuaremos en una nueva entrega de este paseo por la Valencia comercial de 1900.

*La historia de Salazones Bonanad y de Chocolates el Barco puede seguirse en nuestro libro "Comercios históricos de Valencia"

 Gumer Fernández Serrano y Enrique Ibáñez López


domingo, 1 de marzo de 2015

La New-York. Academia velocipédica de Lázaro y Moragues. Calle Ruzafa 55

La New-York. Academia velocipédica de Lázaro y Moragues. Calle Ruzafa 55


El negocio de ventas de bicicletas era muy próspero en Valencia, debido a un clima y una orografía favorable para su difusión. El coche era prohibitivo para la clase media valenciana que únicamente estaba reservado la burguesía que vivía en el ensanche de la ciudad.

En contra de lo que pudiera parecer, la bicicleta no era un producto excesivamente barato y al alcance de todo el mundo. Las bicicletas se compraban a plazos y diferentes comercios en Valencia se disputaban en exclusividad la venta de marcas españolas y extranjeras de carácter exclusivo. La casa de Miguel Blasco en el paseo Colón del Grao, las biclicetas Trianón en  la calle de la Paz 33 (que vendían a plazos de 23 pesetas mensuales) la Casa García en Juan de Austria 9 que además vendía complementos, o la actual tienda de bicicleta de Rafael Abad  son algunos ejemplos de la prosperidad de este negocio.
Evolución de la bicicleta. Fuente: Wikipedia
Las bicicletas eran caras por lo tanto su compra para disfruto personal y para regalar se reservaba para ocasiones especiales como navidad y reyes. Si la bicicleta se estropeaba se podía recurrir a los múltiples talleres de reparación que existían en Valencia, algunos de carácter muy modesto y casi artesanal. Destacaban los talleres de Jesús Arce en la calle Jesús, Alfredo Llopis en el paseo de Colón o Emilio Pérez en la calle Sevilla.

Esta publicidad corresponde al negocio de almacén de bicicletas de Lázaro y Moragues situado en la calle de Ruzafa número 55, lugar donde estuvo ubicado el antiguo Tívoli  valenciano como reza en esta publicidad. el Tívoli estuvo abierto en la calle Ruzafa desde el año 1877 hasta 1892.

El negocio de bicicletas recibía el nombre de La New-York, un nombre que hoy nos resulta peculiar pero que a principios de siglo era bastante habitual tanto en Valencia como en el resto de España. En nuestra ciudad  existía la funeraria llamada New Funeral ubicada en la calle Colón nº 22 o la compañía de seguros  New-York sita en la plaza de Tetuán nº 18. Este nombre aplicado al mundo de las bicicletas reforzaba la idea de que ir en bicicleta estaba de moda y era un deporte propio de las sociedades más avanzadas.

Este negocio de bicicletas no difería demasiado con respecto a su competencia. Se vendían bicicletas fabricadas en U.S.A. Inglaterra y Francia así como sus accesorios. Aquellas personas que no se podían permitir el lujo de adquirir una la podía alquilar a un precio de 1 peseta.En su publicidad no se recataban en afirmar que tenían la mayor selección de bicicletas de toda España, en una época donde la publicidad engañosa estaba permitida.

Muy novedoso debería ser el mundo de la bicicleta para tener que explicar cómo funcionaba un método de transporte tan fácil de utilizar (al menos desde nuestra mentalidad moderna). El negocio disponía de una Academia velocipédica, de carácter gratuito para convencer a los recelosos de las dos ruedas de las ventajas de este novedoso método de transporte. Había que captar nuevos clientes a toda costa.

La sociedad entre Lázaro y Moragues (como casi todas las sociedades) duró tan poco que no podemos decir de que año es esta publicidad. El primero en adentrarse en el negocio de ventas de bicicletas fue Enrique Moragues que abrió tienda de bicicletas en el temprano año de 1897 en la calle Colón nº 3. Manuel Lázaro aparece en el año 1922 como vendedor de bicicletas, muy posiblemente después de esa sociedad con Moragues, en la calle Guillem de Castro nº 27, negocio que estuvo abierto hasta la República Española. En  1931 el negocio lo regentó su viuda.

Autores: Enrique Ibáñez y Gumer Fernández.